Juego de Tronaos: Ricardo

Al despertar paladeó un sabor agrio a ceniza y limón en su boca. Entonces recordó la noche anterior, junto a Mendoza, celebrando su contratación y la media docena de GinTonic que se había tomado. Se levantó como pudo y se sentó en la cama antes de desperezarse del todo. Los muelles del colchón se quejaron ante el brusco movimiento. Palpando casi a ciegas buscó la cajetilla de cigarros y el encendedor, y prendió la llama para dar la primera calada de la mañana.

Miró el despertador y maldijo, eran más de la ocho y media y era su primer día. Apagó el cigarro y se puso el traje, que apestaba a humo rancio y pachuli. Se lavó un poco la cara y partió apresurado hacia su nueva empresa.

Mientras observaba el atasco desde el taxi se veía reflejado en la ventana del coche. Canoso, gordo, con ojeras y aspecto cansado. Tenía cincuenta años recién cumplidos, divorciado y sin familia en la ciudad. El trabajo era su vida.

Cuando su anterior empresa quebró, agradeció haberse dedicado en cuerpo y alma a este negocio, así había hecho contactos, que eran precisamente los que ahora le iban a salvar de acabar en el paro como un puto fracasado.

Llevaba ya unos cuantos “desaires” empresariales. Lo que otro llamaba fracaso, él lo consideraba oportunidad. Fuese como fuese, siempre se metía en cárnicas con clientes sadomasoquistas, horarios malos, horas extra aseguradas y encima ubicados fuera de la ciudad, con dificultades para llegar hasta ellos, ya fuese en coche o transporte público. Su trabajo era engañar a gente para aceptar aquella mierda de trabajo, como si en verdad les ofrecieran un pastel de fresa. Su trabajo era ese básicamente, ofrecer y vender mierda pintándola de colorines.

Para colmo, aquel día no sólo iba a empezar un nuevo trabajo, sino que nada más entrar tenía órdenes de despedir a dos chicos; según Mendoza unos vagos programadores de media monta bastante incómodos y protestones. Ricardo conocía perfectamente ese perfil, siempre eran sindicalistas o algún listillo que sabía algo de derechos laborales. Se creían muy listos, con sus “no puedes obligarme a hacer horas extra”, “tienes que pagarlas”, “las horas del reconocimiento médico no se recuperan”, “tengo mis derechos, respetadlos” . Eran pequeños “donnadies” disfrazados de mini “ChesGuevaras”, simplemente despreciables, vagos sin ganas de trabajar.

Se bajó del taxi casi en marcha y subió corriendo a las oficinas. Al entrar fue directo al despacho de Mendoza, dejando a su paso un hedor a humo, sudor y rancio.

-Ricardo, ya estás aquí.

-Uff, menudo tráfico, aquí estoy listo para ponerme a tus órdenes, amigo mío.

-Sí, tengo un primer encargo para ti….pero ahora te cuento mejor…Dime. ¿Ayer todo bien con RRHH?

-Sí sí, firmé el contrato, setenta mil al año – Por no hacer nada está bastante bien, pensó Ricardo.

-Tranquilo, ya te iremos subiendo, ¿te dieron la tarjeta de empresa? – Quiso saber Mendoza.

-Sí, una Visa, con el PIN  y todo, para comidas y taxis. También firmé el anexo de incentivos y beneficios.- Los jefecillos y trileros lo negarán siempre que se les pregunte (incluso bajo tortura), pero tienen porcentajes de beneficios si se entregan proyectos, e incentivos (pagas) a final de año. Algo que los curritos normales ni pueden soñar. Es como una especie de distinción, mientras a los curritos se les niegan subidas cada dos o tres años de mil míseros euros anuales, los jefes, jefecillos y jefazos derrochan dinero en comilonas y caprichos, y para colmo, los beneficios se los reparten únicamente entre ellos, no entre los que son partícipes principales de esas ganancias.

-Eso es: si todo va bien sacarás tajada pero recuerda que jamás, bajo ningún concepto, puedes admitir ante el resto de trabajadores que tienen estos privilegios, ¿vale “Richi”?…así que esmérate en que el proyecto salga adelante. Es lo único que tienes que hacer – Ordenó Mendoza.

-Eso haré…y bien, ¿cuál es mi primera tarea?

-Acompáñame.

Ambos se levantaron y caminaron hasta la cristalera del despacho de Mendoza, desde donde se veía toda la sala.

-¿Ves a aquellos chicos de allí?

-Sí…espera….¡a aquel creo que le conozco!

-¿El alto? – Preguntó Mendoza.

-Sí, creo que hizo una entrevista hace unas semanas….era un vago que no quería ir a currar a dos horas en transporte público de su casa ni le gustaba el horario.

Sí…no me sorprende…bueno…te voy a dar entonces un gustazo, amigo mío – Mendoza sonreía.

-¿Por?

Tu misión, es ir ahora mismo y entregarles estos sobres. – Mendoza le entregó un par de sobres a Ricardo. Éste miró los sobres y luego a Mendoza, como pidiendo una explicación – Son los finiquitos, del “alto” y el chico que está a su lado.

-¿El gafotas?

Sí…esos dos, Marcelo y Dani.

-¿Les pongo alguna excusa, les digo…?

-No – Interrumpió Mendoza.- no va a hacer falta, simplemente quiero que les despidas y les dejes claro que han sido malos trabajadores, vagos y descuidados. Si se ponen tontos, amenázales con que podemos hacer que no les vuelvan a contratar en ningún sitio, y que si queremos, jamás volverán a trabajar en este sector.

¿Llegaremos a eso? – Quiso saber Ricardo.

-Te he dicho: “si se ponen tontos” – Mendoza le miró pensando: “¿es que no oyes, puto gordo?”.

-Ok, sin problema, voy ahora mismo.

Luego tómate el día libre, mañana habrá mucho más trabajo….te tocará leerle la cartilla a aquella de allí – Indicó Mendoza con el mentón.

-¿La del escote que tontea con el cabezón aquel?

-Sí, se llama Lorena, y el que se deja agasajar es José, pero José es un gran empleado…cuídale.

Vale, vale, luego nos vemos. Voy al tajo…

Ricardo abandonó el despacho de Mendoza, presto a su nuevo encargo. Al salir del despacho se dio cuenta de un detalle. Aún no le habían asignado sitio. Se quedó parado, pensativo…quizás su sitio fuese alguno de los que iban a dejar aquellos dos programadorzuchos.

Sea como fuere, iba a disfrutar despidiendo al tal Marcelo, no le gustó nada su actitud en la entrevista que tuvieron hacía unas semanas; que si está muy lejos, que si es muy mal horario, que si el salario es muy poco, que si las horas extra se tienen que pagar….Se aclaró la garganta y repeinó con la mano su grasiento y gris cabello; a duras penas consiguió abrocharse la americana y puso rumbo directo a los dos jóvenes.

 

2 Comments

 Add your comment
  1. ¿y ya? ¿nos dejas así con la incertidumbre? ¡Imperdonable! 😛

    No me quiero perder lo de Lorena…

  2. Joer, toda la semana esperando este acontecimiento y ahora me toca esperar otra semana, jajaja!

Leave a Comment

Your email address will not be published.


*