Juego de Tronaos: Marcelo

Cuando despertó aquel domingo, los mensajes de WHATSAPP superaban la centena. Todos eran del mismo grupo: “Proyecto Estrella [Smile][Smile][Smile]”. La mayoría de los mensajes eran de José, el pelotatrepa oficial de la empresa, otros pocos eran de los jefes desde sus casas de la sierra felicitando el buen trabajo, y algunos de Lorena sumados otros más de los programadores.

Empezó a leer los mensajes y sintió cierta repulsión. El hilo de WHATSAPP lo abría José a eso de las cuatro menos diez de la madrugada.

Jose: “cuatro de la mañana chicos…ya ha parido, ha sido doloroso y ha pesado unas cuantas horas de más [smile], pero ya tenemos el proyecto en fase one final instalado totalmente en producción, ha nacido Ruex (nombre del proyecto)”.

Lorena: “Ha sido niña o niño? [Smile], enhorabuena chicos, gran trabajo [Smile] sois los mejores [Smile]”,

Fer: “Pronto volveré a la oficina a conocer al pequeñín [Smile], os merecéis un fuerte aplauso [Smile]”,

Mendoza: “Buen trabajo, el lunes nos reuniremos a primera hora”,

José: “Don Mendoza, a sus órdenes, pero le adelanto que la salud del pequeñín es óptima [Smile], el trabajo ha salido perfecto, recupérate pronto Fer, se te echa de menos campeón[Smile], un abrazo fuerte[Smile]”,

Fer: “Ha sido un parto doloroso, pero ha merecido la pena, ánimo chicos, pronto estaré ahí codo con codo en nuevas batallas con vosotros[Smile] y volviendo a daros guerra[Smile]”,

Dani: “Gracias”,

Benjamín: “Gracias”….

Y así podría ser el resumen, más de cien WHATSAPP de halagos y autocomplacencia de los jefes, algunos de los cuales no pisaron el fin de semana la empresa ni el cliente, pero eso sí, se llevarían la mayor parte del mérito cuando el cliente testease el nuevo producto el lunes.

Marcelo sabía que se enfrentaba a su última semana de trabajo. Lo más probable era que el viernes, justo antes de irse a casa le llamasen a una pequeña reunión y le diesen su carta de despido. Era práctica común de las cárnicas y empresuchas despedir de sorpresa, los viernes y a última hora. ¿Y por qué hacen ésto?, es muy fácil, se piensan que todo el mundo es igual de rastrero que ellos, y creen que si despiden un día entre semana y con bastante antelación, el empleado usará sus poderes malignos para destruir o contaminar el proyecto, para meter huevos de pascua que revienten el código, llevarse código a casa, o para crear una estrella de la muerte con los periféricos sobrantes que llevan años pululando cerca de la impresora. Pero no, los currantes suelen ser gente común, simple y corriente, que cuando les despiden encajan de mejor o peor manera el golpe, cierran, recogen y se largan despidiéndose lo más educadamente posible (o eso por lo menos era lo que había vivido Marcelo en sus más de diez años de experiencia).

Incluso iba a más, cuando alguien anunciaba que se marchaba o le despedían, se afanaba en recoger lo mejor posible todo, dejar el código subido y comentado, los manuales y documentación al día y no dejar cabos sueltos. Pero claro, se cree el ladrón que todos son de su condición, y gente como Mendoza, que pensaría en esa situación: “si me hacen eso, si me despiden, yo es que destrozo la empresa antes de irme calmado y sin armar jaleo, lo reventaría todo”, acaban por pensar que cualquier gorrilla informático haría algo así. Pero precisamente porque son gorillas, carecen de esa maldad.

El lunes a primera hora en la oficina se respiraba un ambiente casi festivo. Había pasado la primera entrega final. Ahora volvía a respirar todo el mundo. Volvían a tener margen, y sobre todo tiempo. Se podría volver a hacer un horario medio normal, los jefes volvían a tener manga ancha y tiempo para reuniones pomposas y ególatras, y volver a vaguear un poco haciendo excel y power point muy chulos (especialidad de Lorena). Cuando faltasen un par de semanas para la nueva entrega todo volvería a “petar” y ser “máxima prioridad”, se volverían a encontrar con que no existiría análisis definido, ni documentación, ni plan de implantación, ni ciclo de vida, ni diagramas de flujo, ni modelo de base de datos ni nada. Vendrían nuevamente las prisas, los errores, cambios de última horas, regañinas, reuniones, presiones y una montaña de mierda que se depositaría sobre los escritorios de los programadores. Era un ciclo. Tras presión a raudales, estress, horas extra no remuneradas y un finde o dos trabajando en el cliente, el proyecto se implantaría en fase N y volverían los cien mensajes de WHATSAPP con cachondeo y felicitaciones sobre el tema, y una vez más, vuelta a empezar.

– Voy a hacer un Power Point chulo sobre la instalación – Murmuraba una risueña Lorena.

-Generaré un Excel de pre testeo oficial, online para todos, ¿vale chicos? – Alardeaba José.

-Abriré un Proyect para actualizar porcentajes – Gritaba eufórico Pascual, un jefecillo intermedio que nadie sabía cuál era su rol en aquel proyecto (salvo Actualizar Proyect de porcentajes).

Mientras el PC arrancaba y Marcelo reflexionaba sobre todo esto y el mucho asco que le deban todas aquellas personas, una mano se posó suavemente en su hombro. Era Mendoza. Joder, Mendoza saliendo de su despacho y juntándose con la plebe…allí pasaba algo raro. Marcelo se acojonó, ¿sería aquel lunes su último día?¿Qué coño quería Mendoza a primera hora? Pensaba que el despido se lo daría el viernes, pero era lunes, Lunes Santo después de instalación. ¿Le iban a putear con el finiquito?¿Le iba a amenazar Mendoza?¿Qué clase de triquiñuela le iban a intentar hacer ahora?. No estaba preparado, aquello le pilló por sorpresa.

-Acompáñame a la sala Minerva, tenemos que hablar un momento.

Un raro silencio se apoderó de repente de la sala. Todos quedaron mudos viendo cómo Mendoza andaba airadamente hacia la “Sala Minerva” (sí, ridículos nombres para salas de reunión, capricho del susodicho Mendoza) abrochándose el botón de la americana, y detrás, más pálido que Iniesta, caminaba Marcelo.

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