Juego de Tronaos: Mendoza

Mientras Fer se recuperaba de su angina de pecho a Mendoza le iba a tocar dirigir aquella mierda de proyecto que se había convertido en un auténtico dolor de pelotas. El cliente se había reunido personalmente con él, justo el día después de que Benjamin completase la fallida instalación de Lorena y Fer casi feneciese ahogado en su propia mierda; aquella maldita instalación que por culpa de la supuesta incompetencia de Marcelo (reportada efusivamente por Lorena: “yo no tengo la culpa” dijo, “esto es cosa de Marcelo, él se encarga de los Script”), ella no había podido llevar a cabo. Benjamin la terminó (mejor dicho, la rehízo desde cero), pero sucedieron el incidente del taxi y el “jamacuco” de Fer, y aquéllo fue casi tan irritante para Mendoza como lo era su herpes genital.

Mendoza había adquirido un nuevo acuerdo con el cliente, el siguiente fin de semana sería la instalación de la primera fase completa. Aprovecharían sábado y domingo que el cliente tenía menos tráfico en sus servidores para completar el primer gran tramo de la entrega.

En ausencia de Fer él tomaría las riendas, pero no le gustaba mezclarse con la “plebe” ni tener reuniones con la chusma, así que asignó aquel papel a José. Era según los informes de Fer “un perfecto lameculos de primera”. Es lo que necesitaba el proyecto, un engañado, alguien que creyese fehacientemente en la basura que estaban implantando, que no le importara echar horas, no ver a su familia y trabajar a destajo, sin molestarle si había o no recompensa al final. Esa gente le gustaba a Mendoza. Emprendedores, valientes y firmes.

¿Lo has entendido no, José? – Preguntó Mendoza con aire taciturno a su nuevo perro de presa.

-Sí Don Mendoza, por mi parte no hay problema en ir sábado o domingo a trabajar.

-No no….”o” no… he dicho: sábado “Y” domingo. – Dijo Mendoza poniendo énfasis exagerado en la Y.

-Por supuesto, Don Mendoza.

-Espero lo mejor de ti. Y yo estaré en la reunión, meramente como invitado, para ver cómo se desarrollan las cosas. – Mendoza retiró su café de la Nesspreso y abrio el sobrecito de azúcar.

-Como ordene – A José le faltó hacer una reverencia.

Ya puedes largarte – Escupió Mendo y tragó de un golpe el café caliente.

José salió de la reunión flotando, pisando sobre nubes de algodón, mirando hacia los demás, todo a cámara lenta. Tenía nuevos galones, estaba excitado en cierto aspecto, no hay nada que más le mole a “un trepa” que tener más galones que el día anterior. Tenía claro qué hacer, ponerse con la primera de las medidas que le había transmitido (exigido) Mendoza: hablar con todos esos malditos programadores para que currasen más y mejor, y sobre todo para unir fuerzas de cara al fin de semana de la instalación.

Media hora más tarde el equipo de desarrollo, funcionales y demás jefecillos estaban sentados en medio de un ambiente tenso en la sala grande de reuniones, y Mendoza presidiendo en silencio aquella reunión sectaria.  Allí estaban todos: Lorena, Daniel, Álvaro, Marcelo, Benjamin, Román y otros tantos jefecillos que se pasaban el día entre reuniones “tope importantes” y Excel inventados.

-Bueno, como sabéis estoy al mando, y tenemos trabajo para aburrir, y urgente, o si no ésto se va al garete chicos. Os animo a que cambiéis la mentalidad, renovéis ánimos, tomemos aire  y tiremos todos hacia el mismo sentido, ¿vale chicos?. Hagámoslo por Fer, saquemos esto adelante.

Más o menos, tras varios murmullos la sala pareció asentir al unísono. José al ver que estaba captando su atención prosiguió con su discurso.

Vamos a ver...sé que tenemos mucha carga, pero requerimos de un último empujón. Durante el resto de la semana los analistas, orgánicos y funcionales, así como los jefes de producto, jefe funcional, de pruebas, marketing, supervisión, documentación e implementación, y de sistema interno – dijo mirando a cada uno de esos títeres crea Excels – debéis tener completada la documentación de cada apartado al cien por cien, nos hemos comprometido a ello ¿OK?. – Todos asintieron, aquel trabajo era baladí, inventarse unos textos, imágenes y pasarlo todo por un bonito editor de texto, incluso currarse algún PowerPoint chulo. Con un poco de maña quedaría de la polla.

-Los programadores y analistas programadores – que venía a ser casi siempre lo mismo – debéis preparar todo el código, implementar las nuevas funcionalidades, probarlo todo bien y ajustaros a los cambios del funcional de última hora, y tenerlo todo para el viernes. – José tomó aire, casi se asfixia. Suspiró aguardando la respuesta, la cual no se hizo esperar .

-Estamos trabajando mal… el funcional debería estar cerrado ya – Soltó Daniel.

-Sí, estamos trabajando a la vez que se desarrolla el funcional, no damos a basto, aparte que debería ser al contrario, primero definir qué tenemos que hacer y luego lo hacemos – Añadió Álvaro.

-Por no hablar de los constantes cambios que introduce el usuario y nadie dice ni “mu” – Puntualizó Marcelo.

-Y nuevas funcionalidades que aparecen de la nada, sin nada de documentación, y hay que hacerlas sí o sí en esta entrega – Terminó Benjamin.

Eso era así en el mundo de las TIC. Se planifica una entrega de diez puntos y diez funcionalidades, y mientras se diseña e implementa se añaden otras cinco, se cambian cosas que ya se habían definido y para colmo los diseños funcionales nunca están acabados…normalmente antes se acaba el desarrollo e implementación, y luego se completa el funcional en función del producto obtenido. Al revés, vamos. A Mendoza aquellos comentarios le irritaron, pero decidió mantener su papel de invitado a la reunión. No quería estallar tan pronto y parecer un “hijo de puta”, palabra que los rumores le asociaban demasiado, y más después de su gestión con lo de “Fer”.

Vale chicos, entiendo vuestras quejas, de verdad. – Dijo José ante la atenta mirada de Mendoza el cual con disimulo se rasco su irritada zona púbica.

-¿Todo tiene que estar para el viernes? – Preguntó Lorena, hacía mucho que no decía nada y tenía que dejar constancia de que estaba presente y tenía boca.

-Sí, para el viernes, pero la entrega final de este tramo de proyecto tiene una particularidad.

Sorpréndenos – Susurró alguien en voz baja.

-La implementación en cliente se realizará el próximo sábado y domingo. Ambos días – José miró a Mendoza, el cual asintió.

Silencio. Un silencio tenso y nítido. De esos que puedes oir las respiraciones de los que tienes al lado.

 –¿Qué implica eso? – Dijo por fin Álvaro rompiendo el recio silencio.

-Implica que el equipo de desarrollo tiene que trabajar esos días, la mitad del equipo irá conmigo al cliente y la mitad dará soporte aquí en las oficinas.

-¿Sólo el “equipo técnico”? – preguntó con sarcasmo Marcelo.

-Sí… a los funcionales y personal de operaciones ya les tocará pringar en la siguiente fase – Contestó mintiendo José – No os preocupéis será simplemente como trabajar dos jornadas normales, solo que en fin de semana.

-Dos jornadas normales…depende lo que interpretéis por normales…ya que al final nunca nos vamos a nuestra hora – Dijo Daniel.

¿Y esto cómo va?….se supone …– De pronto Mendoza interrumpió a Marcelo.

-Ni se te ocurra mencionar si os vamos a pagar las horas o no, o si os vamos a dar algo por escrito – Su mirada, cargada de odio y desprecio no sólo se dirigió a Marcelo, sino a cada uno de los desarrolladores.

-En mi contrato pone cuarenta horas de lunes a viernes. – Dijo Benjamin.

-En tu contrato lo que pone es que trabajas para ExcplotaConsulting y es lo que tienes que hacer…trabajar, sacar tu trabajo que es tu responsabilidad. – Mendoza dijo estas palabras casi sin separar los dientes y los labios, la rabia le invadía.

-Vale chicos, entiendo que es una putada, pero más adelante podremos reajustar todo ésto, seguro, ¿vale?, tenemos que hacer este esfuerzo, hemos….y habéis, cometido muchas cagadas y tenéis que arreglarlas….tenemos todos que arreglarlas.

Menuda cara, siempre se llega a este punto. La responsabilidad. Ahora viene cuando los jefes se lavan las manos y toda la mierda y responsabilidad cae sobre los programadores. Un mal diseño, mal análisis, mala definición de funcionalidades, incompetencia a la hora de definir un plan estratégico de negocio, incompetencia a la hora de no saber acordar plazos, incompetencia a la hora de vender proyectos, malas entregas, definir puntos, definir funcionalidades y operatividad. Cuando todos esos jefecillos se han dedicado a hinchar sus egos en reuniones pomposas, comentar lo “versátil”, “fiable” y “potente” que es el nuevo software sin tener ni puta idea de qué están haciendo. Todo eso estallaba así, sin más: es culpa del programador. Los errores los cometen otros, pero la responsabilidad es de los pringaos de abajo que ni pinchan ni cortan.

-Cagadas dices…hemos cumplido con nuestro trabajo, más incluso de lo que competía a nuestras responsabilidades – Dijo Álvaro.

-Mira….¿cómo era tu nombre? – Intentó recordar Mendoza – Da igual, ésto es un negocio, meteos eso en la cabeza, un negocio en el que todos ganamos – Yo gano un dineral y vosotros una nómina regateada y que será congelada durante años, pero ambos ganamos, pensó Mendoza – Así que no me vengáis con excusas señores, sé que se está muy bien en casa el fin de semana, sin nada que hacer, tirado como un perro en el sofá,  pero no os equivoquéis, tenemos mucho que hacer, tenéis mucho trabajo por hacer y os pagamos por ello. – A Mendoza le costó soltar todo eso sin insultos.

Primero nos queréis quitar la jornada de verano, que por cierto, empieza la semana que viene, nos limitáis los días de vacaciones, no nos pagáis las horas extra y ahora queréis también que trabajemos los fines de semana sin más, gratis, así de la nada – Marcelo se acababa de suicidar laboralmente. Él lo sabia.

Mendoza se puso colorado. La vena de su cuello se hinchó y se levantó de golpe. Se dirigió a la salida mirando a todos, de uno en uno, mientras se ajustaba el botón de la americana. Apretando la mandíbula, tanto, que sus muelas le empezaron a doler.

Vosotros veréis, lo que tengo claro es que no voy a mantener en plantilla a gente que no quiera trabajar. Y menos a putos vagos sindicalistas – Escupió con desprecio.

Abandonó la sala dando un portazo que hizo retumbar todas las mamparas acristaladas que conformaban la estancia. Había quedado claro, el que no trabajase gratis iría a la calle, y el fin de semana estaba a la vuelta.

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